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De Quimeras y Ensoñaciones

El experimento

Era un científico que un día dijo que lo había descubierto.

Después de haberse pasado toda su vida investigando, experimentando, viviendo encerrado, enclaustrado en su laboratorio durante horas, días, años, décadas enteras, rodeado de probetas, matrazes erlenmeyer, mecheros bunsen, tablas de electroforesis en agar, reactivos, placas de cultivos celulares, catalizadores, y mil utensilios y sustancias más, buscando el significado a la vida, el sentido de la misma, sin encontrarlo, sin ver nada más que trocitos microscópicos de materia eran capaces de multiplicarse en sus placas de cultivos formando colonias de células, que no eran más que visibles puntitos en su placa, había llegado a perder incluso el significado, la facultad, el porqué de su estancia en aquel local de experimentación.

Una pelota de golf entró por el estrecho ventanuco situado muy por encima de su cabeza, al que nunca se asomaba y por el que entraba la luz a la estancia, rebotando en los lugares más insospechados, rompiendo algún tubo de ensayo, volcando el mechero y yendo a terminar a los pies de un muy enfurecido científico, que sin reparar en los efectos de la pelota, la recogió y salió bufando de enojo en busca de una víctima a la que hacer pagar su osadía.

Era la primera vez en años que atravesaba la puerta de su caserón, todo que lo que necesitaba, hacía décadas que se lo proveía un ayudante y no veía necesidad ninguna de relacionarse con el exterior, un exterior que había cambiado, lo que antes eran campos improductivos llenos de maleza ahora era una zona deportiva verde primorosamente cuidada, a lo lejos, una niña y su padre, se acercaban. El científico apretó los puños y gruñó y sentose en los escalones de la entrada a esperarles , con una letanía de improperios en sus labios.
Cuando ya estaban cerca de él, la niña se adelantó, le hizo una reverencia cual si ante un rey estuviese, le saludó graciosamente, y al verle que tenía la pelota en la mano, se le acercó más y le dio un beso en la mejilla.
El científico perdió toda su compostura, todo su enfado, su mal humor se desvaneció, se disipó, se evaporó tras de aquel beso.
La niña tomó la pelota de las manos del científico y salió corriendo hacia su padre, el cual se disculpó muy gentil y educadamente por su actitud, por ser un mal jugador de golf, por todos los posibles daños que le hubiesen podido causar. Y que no eran pocos, pues no más pronunciadas estas palabras un humo gris se coló por debajo de la puerta y unas explosiones a intervalos irregulares se dejaron oír en el interior del laboratorio. Estaba ardiendo. Y lo estuvo haciendo durante cinco horas más.
Todo su esfuerzo había desaparecido, sus interminables horas de investigación, sus resultados plasmados en viejas hojas de papel, sus pequeños descubrimientos acerca del control de la multiplicación celular, “sus hijos” habían muerto, se habían suicidado ante sus propios ojos.
La niña se le acercó, le tomó de la mano, y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo al contacto con una piel, con una caricia humana.

Al día siguiente, cuando vinieron a buscarle, para llevárselo, les dijo que por fín lo había descubierto, que había encontrado lo que buscaba, después de tanto experimentar en su laboratorio, de tantos años buscando en vano, de tanta soledad, por azar, por la fatalidad de un accidente había hallado, inventado, lo que durante tanto tiempo buscó :

Era el afecto positivo e intenso hacia alguien o algo considerado fuente de bienestar mental o espiritual.

Era el AMOR, con mayúsculas.

Y por su bienestar mental, dos hombres con batas blancas, se lo llevaron enfundado en una camisa de fuerza camino del hospital psiquiátrico.

1 comentario

white -

triste desenlace para un bonito final